Una vez más me vuelco a las letras como esa espiral sinfín donde pareciera que uno puede huir o esconderse de aquello que le aqueja en lo más hondo de su ser. Je ¿Qué ironía no? Siempre huyendo hacia afuera cuando nuestros dolores nos persiguen por dentro.
Y supongo que en
cierto punto hasta lo encuentro justo, digo, no me faltan las capacidades para
poder encontrar justificaciones o culpas ajenas para todo aquello que en este
momento parece cernirse sobre mí, como un gran cerbero o dragón buscando
engullirme, dejarme nuevamente librado a la nada, aquella tan impasible y
desgarradora musa.
No hay escape, no
hay salida, y tal vez, esa sea una de las casi certezas que más duelen en su
existencia al ser humano. No podemos soportar ser muñecos de una simulación,
pero tampoco podemos destruir la caja en que nos han metido. Estamos así,
desolados, abandonados a la libertad de nuestra mente que se extiende sólo como
una forma romántica de imaginarnos más allá de nuestros límites. Ese famoso “para
siempre”.
Pero hoy, me
despojo. Pueden impedirme huir de su prisión material, de su prisión social
incluso de su prisión cultural y de los límites que me han sido impuestos. Pero
no pueden impedirme morir en mí. Menuda sorpresa se llevarán mis angustias, mis
frustraciones y mi ansiedad cuando vean que su presa ha muerto. Que lo que
pensaban que era carne fresca ya no es más que carroña.
No me he
derrotado, no me he vencido, sólo estoy aprendiendo de sus tácticas, creo.
Sé que esas
fieras estarán aturdidas por un tiempo pero volverán ¿aprenderé a no correr a
tiempo esta vez? Tal vez un día hasta pueda enfrentarlas, tal vez se envenenen
al probar el producto de mi transmutación.
Solo espero siempre recordar como morir. Y si que si no lo hago, ellas no lo olviden tampoco.
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