jueves, 13 de mayo de 2021

En los albores

 - Desperté en medio de un desierto árido, al brillo de un sol abrasador, abrazado a unos pocos estropajos que me sirvieron de almohada para acallar aquellos ruidos que me impedían permanecer en mi reposo. Una cálida brisa terminaba de acariciar mis ya resecos pómulos cuando fui capaz de abrir mis ojos. Pestañear se volvió aún más difícil, ya que la deshidratación había sido quién me había abatido la noche anterior. Con más desgano que fuerzas y en un inútil espasmo de vivir, me reincorporé para continuar deambulando por este páramo denominado vida.

Caminé un buen rato, me arrastré casi, debido a mi cansancio. Hasta un punto, creo que el Sol se desplazaba más rápido que yo. Con mi último hálito logré llegar a un pueblo perdido en medio de la nada. Me derrumbé sobre un abrevadero de caballos, con más ganas de ahogarme y volver a mi reposo que de beber. Pero bebí. Una vez que pude alzar la cabeza, pude observar como diferentes miembros del pueblo se habían asomado a ver mi espectáculo.

Digo mío, el espectáculo del mundo. Me observaban horrorizados, como si a ellos no les afectara. Tal vez pensaron que sólo mi espectáculo era el horroroso espectáculo del mundo, sin poder advertir que su horror también es parte de él. Su asombro y repulsión sólo les duró unos minutos ya que pude ver como rápidamente se desvanecían ante mis ojos sus siluetas y frente a mí se erguía la figura de un grupo de personas que me reincorporaban, me sentaban y me observaban silenciosamente, expectantes.

Pude advertir que en realidad, nunca había alcanzado tal pueblo, sino que más bien había delirado moribundo en el mismo lugar hasta que estos viajeros me habían recogido y en una falsa esperanza de alcanzar una recompensa inexistente, se habían apiadado de mis ya desgastadas carnes.

Pero mis sueños y delirios no estaban del todo desacertados. Me habían sentado y me rodeaban, mirándome, juzgándome a través de sus irises. Uno de ellos se atrevió a hablar, y me preguntó que quién era, de donde venía y si pertenecía a alguna compañía.

Entre toses y carraspeos, le respondí que nombre no tenía, que no pertenecía a ningún origen y que si observaba alguna compañía a mi alrededor. El hombre sonrió. Me ofreció su tina para poder asearme y sus ropas para poder vestir cómodo. Tenía unos pantalones marrones con flecos, unas botas de cuero, una camisa a cuadros y un cinturón con un pictograma inentendible en su hebilla. Pidió también que se me ofreciese algo para comer y me solicitó una audiencia formal junto a sus pares una vez que hubiese concluido mis tareas.

Acepté de mala gana. ¿Quién en sus cabales ofrecería tamaña comilona y lujos en medio de un desierto? Al concluir mis tareas, pude detenerme un momento y observar. Ahora que el viento había amainado y que la luz del Sol ya no quemaba mis pestañas ni hacía arder mis cuencas, vi que me habían acarreado por varios kilómetros y que ya siquiera podía reconocer el lugar en que me había abandonado a mi suerte. También pude observar que habían montado un lugar austero pero confortable, donde cada uno de sus miembros parecía ejecutar una tarea con una precisión infalible y donde todo se movía de una manera casi orquestal.

No me refiero a esos cuentos de infancia donde la perfección tiende a parecer una muerte inmóvil. Niños jugaban, reían y lloraban. Adultos trabajaban y cantaban mientras atendían a

quienes se encontraban cerca. Los ancianos se reunían alrededor de una fogata y realizaban algunas tareas manuales como desposte y también reían mientras jugaban y contaban historias a los niños cada vez que pasaban.

Absorto me encontraba ante esta imagen cuando una niña se me acercó tímidamente y me señaló unos taburetes situados alrededor de la incipiente fogata. Me dirigí hacía allí e invitado nuevamente por el señor que me había ofrecido sus cosas, tomé asiento.

Pude observar que era un señor mayor, tal vez el más anciano de toda la caravana. Quise preguntarle que quiénes eran, me causaba intriga su procedencia y su porvenir. Como es que en esta inaudita y enferma tierra todavía conservaban esa esperanza. El anciano giró hacia mí y me indicó que guardara silencio. Luego señaló la fogata.

Me detuve a mirar el fuego que señalaba. Vi que sus llamas definían figuras e historias nunca antes contadas, así como historias olvidadas. Me concentré en las figuras que emanaban de aquella combustión pensando que tal vez sus humos me hacían delirar. Vi historias sangrientas, vi muerte, desesperanza, desilusión, agonía, enfermedad, pero lo más increíble fue, que pude ver la historia de cada uno de los miembros de la caravana que yacía sentada alrededor del mismo fuego.

¿Estaré muerto? ¿Será que en realidad me acompaña la muerte? pensé. No pasó mucho hasta que al final de las figuras, el fuego describió un gran ojo que me observaba. No podía ver, pero podía intuir que pestañeaba cada vez que yo lo hacía. Unos instantes después en ese fuego ardía yo, sentado sobre mi taburete. Con unas lágrimas en los ojos entendí que toda la historia que había vivido era parte mía, así como yo de ella. Giré para ver a quiénes me rodeaban. Los interrogantes que me invadían y la exasperante agonía de existir habían desaparecido y una silenciosa e inalterable paz me abarcaba y recorría todo el cuerpo. Cenamos algunas carnes medio secas y bebimos algunas botas de vino antes de irnos a dormir.

Al despertar, vi que yacía limpio y sobre una manta, en medio del desierto, en aquel lugar donde casi no pude abrir los ojos ni respirar. Me reincorporé fácilmente y emprendí mi camino…

- Pero abuelo, ¿cómo vas a estar solo? Si mira, ¡acá estamos todos! ¡Hasta ese señor que recogiste hace tan sólo unos kilómetros! - Exclamó una de las niñas que jugaban por ahí y que oyó su historia. Al bajar el sol, tomo sus harapos de juguete y se acostó a dormir en el suelo.

 "Hacerse cargo de su materia, es la tarea espiritual más elevada para una persona hecha de materia"