¡Libertad! ¡Ah, cuanto anhelo la libertad! No importa cuánto,
cómo o dónde, siempre se me escapa detrás de promesas utópicas, se esconde
detrás de realidades arquetípicas. Será tal vez que huye de mí con el único
objetivo de seducirme, de volverme preso de su juego de atracción. Tal vez esa
sea la peor cárcel para un hombre deseoso de libertad, ser prisionero de sus
deseos más altos, de sus aspiraciones ideales. Será pues, que no existe tal
cosa como la libertad sino que es una forma de deseo humano, tal vez aquella
forma de deseo liberada de toda materialidad. Tal vez y con miedo de estar en
lo cierto, la libertad no sea más que aquello que denominamos espíritu, lo que
pensamos que fuimos, somos y seremos para liberarnos de lo que no podemos
aceptar; es decir, de que solo somos esto que negamos ser y, que en
consecuencia, nos hemos convertido en mendigos de ideales superfluos y banales.
En fin, de que buscamos lo imposible porque en última instancia no podemos
liberarnos de nosotros mismos. Buscamos en el más allá, porque ya nos rendimos frente al mas acá.